domingo, 9 de diciembre de 2012

Flashback

Las páginas del libro pasaban, hasta llegar a la última, blanca. Impreso en Barcelona, 1988. Ni siquiera me percaté. Estaba absorto en mi mente, contra la ventana, mientras una figura esbelta recorría la calle.

Era mi recuerdo más preciado.

El sol proyectaba las sombras de los olmos contra el camino de tierra, y se mecían con suavidad al viento que arrastraba las nubes, presagiando tormenta. Las copas de los árboles que bordeaban el sendero que se encaminaba colina arriba parecían más oscuras al acercarse, o tal vez era el manto gris del cielo. Observé las escaleras de piedra en lo alto, en la cima, conduciendo al mirador de blancas y hermosas celosías, y las enredaderas que trepaban pilares arriba y se apoyaban en la barandilla. Retumbó un trueno, y giré la vista hacia ella. Sus ojos negros quemaban, como si de tizón se tratase. Ella me devolvía la mirada con una expresión inescrutable. Parecía que no se daba cuenta de lo intensamente que calaban sus pupilas en mi pecho, en mi cuerpo. Echó a correr, sin importarle la subida. La seguí en su frenética e imparable carrera, pero ella era veloz, y me costaba reducir el trecho que nos separaba. Súbitamente, ella frenó, y miró atrás. Me miró. También yo recuperaba el aliento. A ocho metros estaba aquella caseta. Caminábamos a la par y, no sé por qué, me alegró. Ante los cuatro escalones grises, ella me agarró del abrigo, a la altura del codo. Tuve un segundo para ver sus iris ardientes antes de sentir un fugaz beso en los labios. Apenas se había retirado, la atrapé de la nuca y desaté el remolino de deseo que me apresaba, de anhelo, en su boca. La primera gota de lluvia nos separó. La miré, sin fuelle. Sus labios estaban rojos, mostrando una leve sonrisa, pero sus labios seguían besándome.

Llovía. Sonreí con amargura, viéndola doblar la esquina. Desgraciadamente, sólo era eso. Un recuerdo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario