sábado, 21 de julio de 2012

Todas las mujeres despechadas-Susana

Con cuarenta y siete años a la espalda, un hijo de ocho años que es todo ternura, una hija de quince que no es tan tierna y un ex marido gilipollas, estoy en una sala de espera blanca y, al parecer, hipoalergénica. Después de que me despidieran de teleoperadora tengo que buscarme un empleo, y pronto. No es que ese trabajo me encantara, mucho menos con un horario inestable y un sueldo mísero. El caso es que a mis años sé sobrevivir, manteniendo a mis dos criaturas y habiéndolo hecho durante sendos años con el caraculo de Jorge, el infiel. Debería sentirme aliviada, y lo cierto es que así es, pero el peso de la crisis y el desempleo sobre los hombros no me ayuda demasiado.


Vibra el móvil: es Sandra, mi hija.


<<M voy kn mis amigas. No yegare trde>>.


Hago un esfuerzo porque mis miopes ojos no lloren sangre. Sino, no me cogerían para auxiliar de enfermería, sino de paciente. Contesto con un breve <<A las ocho en casa>>, y apago el móvil. Suspiro, y le echo un vistazo a la gente que también espera para la entrevista. Todos tienen las caras demacradas tras una tupida barba/maquillaje. Me dan casi tanta pena como me la doy yo misma.


-¿Susana Pérez?
-Sí, soy yo.
-Pase.


Me arreglo un poco el pelo y me echo un vistazo en el cristal que hay en la puerta. Me he puesto una camisa blanca y unos pantalones largos verde oscuro, y unos tacones bajos. Me he maquillado levemente, para dar la imagen de ser una persona sencilla y formal. Entro en la sala y me empiezan a hacer preguntas de todo tipo. Casi espero que me pregunten qué talla de pantalón llevo. Sonrío, pero también adopto expresión seria, no quiero que piensen que estoy de guasa todo el tiempo. Mis respuestas son lo más objetivas que pueden ser, incluso cuando me preguntan por mi situación económica. Tras tres cuartos de hora de nervios camuflados, se despiden de mí y salgo por la puerta tras dar las gracias. Al salir, la mujer que antes me había llamado para pasar, me pregunta:


-¿Qué talla de pantalón utiliza?
-Eh... ¿Disculpe?
-Se le está rompiendo por un lado, y parece que no esté cómoda, que le apriete.
-Eh, gracias por su preocupación.


No sé cómo, he engordado. Si apenas tenemos para comer... Desde hace ya algún tiempo la comida siempre es de marca blanca, la ropa, casi toda del Primark, los accesorios y complementos para el pelo y el maquillaje, del chino o el mercadillo, y los zapatos de la tienda de la esquina. Además, el piso es pequeño, y aún me cuesta pagarlo. Estoy empezando a usar velas en vez de bombillas (a veces por la noche voy con linterna), y gastamos el agua necesaria (nadie pasa más de quince minutos en la ducha). Y veo cómo mis hijos se conforman con eso. Todos los libros de texto son prestados, y los de lectura de la biblioteca. Yo puedo aguantar así, pero mi hija tiene sus preocupaciones (banales, pero justificadas), y el pequeño empieza a preguntarse el por qué de todo (en especial, por qué papá no está en casa). A mi ex no he vuelto a verle el pelo, eso sí, de vez en cuando llama a Sandra y habla con ella y Mario.


Cuando llego a casa, me quito los pantalones. No los puedo tirar, así que cojo el costurero y me pongo a remendarlo. Después voy a buscar a Mario al colegio, y en casa se asea y se pone a leer un libro que encuentra por ahí. En un momento dado, me mira con sus enormes ojos.
-Mamá...
-Dime, cielo.
-¿Qué es el sexo?
-¿¡Qué?! Eh, ¿qué libro estás leyendo?
-El castillo de seda. Es que va de caballeros.
-No lo creo. Toma, El Principito-le doy el libro.
-Pero, ¿qué es el sexo?


Se lo explico de una manera que pueda entenderlo y quitándole varios pelos y varias señales. Después, examino la portada del libro, y es tan directa que me da un escalofrío. Mañana mismo devuelvo el libro a la biblioteca.


Sandra llega a las nueve menos cuarto, y se lleva su bronca correspondiente. Últimamente ha cambiado de amistades, y ahora se junta con unas... chonis. Yo intento evitar que ella se convierta en una del clan, pero viendo el moño que lleva, no voy muy bien. Suspiro, y nos sentamos en la mesa. Espinacas con patatas y dos huevos fritos para cada uno. Estamos a fin de mes, no hay para más.


Cuando ya están acostados en sus camas, acabo de arreglar el pantalón y hojeo el periódico, en busca de más ofertas de empleo. En vista de mis nalgas y de que cada vez me vuelvo más oronda, y de que casi reviento el pantalón, no creo que tenga muchas posibilidades de que me cojan para el trabajo. Me embargan los problemas, pero mientras no me embarguen el piso, podré seguir remando a contracorriente.

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