Hay momentos en los que no basta con escribir algo, con hablar, porque mil veces las páginas terminan en llamas y las palabras son, con demasiada frecuencia, algo que se olvida... ¿Por que la gente sólo se acuerda de las discusiones (¿esas palabras son más difíciles de olvidar?), si el rencor es el odio añejo?
Yo no pienso en momentos dolorosos, no contigo. Pienso en diálogos intrincados que sólo tú y yo entendemos. Como una hondonada de la lengua oculta tras las montañas de blasfemia que hacen del valle algo hundido. Pues en esa hondonada, donde residen los fonemas en sus más bellas combinaciones, es también donde se abre cierto libro de tapas amarillas escrito con tinta celeste, porque celestiales son los momentos en los que los ojos se tiñen de azul. Y en ese cuaderno de caligrafía ilegible puedes hallar todo lo que puede arder o todo lo que puede ser algo que se olvide... Y es sólo para ti. Y sólo tú decides qué hacer con esas palabras. Cerradas con un candado iridiscente se hallan. Y la llave está en ti.
Te pienso y te escribo. Te echo de menos.
Te quiero mucho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario