viernes, 7 de octubre de 2011

La "vida" de Este Tío

¡POR FIN HA LLEGADO EL DÍA! He esperado toda mi vida a este momento, ¡y ya ha llegado! No quepo en mí de gozo. ¿Cómo? ¿Que no sabes de qué te hablo? Espera, que ahora te pongo en antecedentes.


Todo empezó el día de mi nacimiento. Yo, que era un crío, no sabía lo que se avecinaba. Lo peor de ese día, era que mis padres no acudieron al parto. Ese fue el primer plantón que me dieron. Después me detectaron ceguera (esto, yo vi perfectamente que ese dato era erróneo), y a los seis años se dieron cuenta del fallo. Yo, que ya sabía el alfabeto Braille al derecho, al revés y hasta en diagonal.


Mis padres, que eran muy católicos (de hecho, aún lo son), me metieron en un colegio del Opus Dei o Dios sabe cómo se llama eso. Hice la comunión cruzando los dedos por detrás. Me parecía una soberbia tontería ir a una iglesia donde tus familiares lloraran y mientras tú, disfrazado de marineo o princesa, leías un párrafo de la Biblia o rezabas un Ave María (es que esto del LSD...). En cambio, mi hermano, se lo pasó la mar de bien yendo a catequesis, a sus padres salía. Yo, claro estaba, era la oveja negra de la familia. Mientras a mi hermano le regalaban un Rolex y le aseguraban pasar la vida montado en el euro, yo estaba ahí al lado, cargándome mis zapatos de cuero mientras chutaba la piedra más grande y sucia que encontré.


A mis quince años era un chaval que llevaba la raya en el pelo engominado, gafas, aparato dental... Me metieron a tocar el piano, cosa que aborrecía y aborrezco. Es un instrumento bonito, sí, pero las clases con mi Señorita Rottenmeyer particular eran un suplicio. Daban ganas de fallar todas las notas. Para colmo, se me daba fatal el solfeo, cosa que enervaba a Rottenmeyer. Entonces solía ponerme más ejercicios de solfeo, para enfadarse más. Qué masoquista, pensaba yo.


En la Navidad de mis diecisiete, aburrido de las típicas Navidades con regalos que eran jerséis con renos cosidos y banalidades así, decidí darle un giro a la época. Mi tía Epigmenia, más cristiana que el propio Jesús,  contó lo bien que se lo pasa en las reuniones de testigos de Jehová (si llama a tu puerta, hazme caso, finge no estar), y todos reímos escandalosamente. Yo, que seguía riendo, dije:


-¿Y sabéis que es lo mejor? ¡Que soy gay!


Mi madre se acercó y me pegó una Santa Hostia. Entonces, todos empezaron a impresionarse, deprimirse, gritarme, castigarme, meterme bronca. Que si "En esta casa no se permite la sodomía", que si "Qué mal, mi peor hijo, ¡gay!", que si "Juditas, tú no tomes ejemplo de tu hermano" (Judas es el favorito de mi familia, mi hermano). Y yo, mientras tanto, sonreía como el paleto que me habían hecho y educado.


A los veinte, tras muchas injusticias, me escapé del monasterio en el que me habían internado por mi homosexualidad (fingida, por supuesto. En realidad, soy bisexual), me metí en un módulo de mecánica y pasé año y medio manchado de grasa y aceite (mejor que de agua bendita), fui a casa de mi hermano, que me esperaba, sonriente, cuchillo en mano. Sin ningún reparo, atravesó mi corazón. Yo, le miré desafiante (todo lo que pude porque me estaba muriendo), y le dije, con ironía:


-Judas...


Después fallecí, y hasta ahora. Ahora que estoy muerto, haré lo que no hice en vida: ¡vivir!

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