Morderme el labio, cerrar los ojos, llévame al paraíso... A veces pienso que un secuestro, un rapto, no está tan mal, aunque más bien sería una fuga. Dejarse llevar, dicen. Pues vale, vamos a dejarnos todos llevar donde nos rapten nuestros pies, donde el agua de mar bañe una orilla de césped y la lluvia sea dorada. Yo te llevo a ti, él me sigue y ella se fuga con él, y así formando el ciclo vicioso de la humanidad. Pero, otras veces, el atroz secuestro de las drogas, del hambre, del dolor, lleva al supuesto paraíso que hay tras la muerte. Cuando muramos todos y os veáis congregados en "el Cielo", "el Nirvana" o sea cual sea vuestro puerto de llegada yo estaré aquí, residiendo tranquilamente en mis palabras, comiendo helado mientras os veo a todos y pienso... Y pienso... "¡Ovejas del rebaño! Fíjate, si está eso más abarrotado que el Centro Comercial por Navidad... ¿Me pasas una galleta? Gracias. ¿Tú qué crees? ¿Que esto de la religión no es un invento para controlar las masas? Y ni aún así, eh, que en la Biblia las mujeres y los hombres son lo mismo y míralas a ellas, todas monjas en un convento, ninguna sacerdotisa... Ay, infelices, con lo bien que se está aquí...". ¡Y no hablaré sola, no señor! Me llevo en la maleta a los que me quieren y a los que quiero. ¿Los rapto? Digamos que es su elección. No les obligaré a irse con "esta mujercita de mente tan madura", o sea, esta servidora podrida de las ideas más extravagantes. Pero bueno, me los llevaré a fugarnos al mar de césped. Infierno Verde y tal. Si no lo conoces... Te lo pierdes todo. Te pierdes el verdadero Paraíso.
Morderme el labio, cerrar los ojos, llévame al paraíso.
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