lunes, 29 de agosto de 2011

L. la Roja

¡Y tuve que salir corriendo! Los grises venían tras nosotros, armados con porras y balas de goma, y sin ningún reparo para golpearnos. El estruendo de las sirenas, los furgones, y la masa de alumnos y profesores huyendo... Yo, que hacía atletismo, no tenía problemas para correr mientras tuviera espacio, pero otros no tenían esa suerte... Recuerdo que mi profesor de matemáticas cayó en una zanja y se rompió la muñeca. Pobre, ¡y pobres de nosotros! ¡Tan sólo queríamos nuestros derechos! Era tiempo de huelga general, no habían clases, a modo de protesta, así que yo suspendí un par de asignaturas. Ese día la asamblea trataba sobre la huelga, si reanudábamos las clases o no. No la acabamos por la interrupción de los grises. Por aquél entonces, nuestra ciudad era un cinturón rojo... Yo asistía a las manifestaciones que podía, más de una vez me encontré con mi padre en ellas. Él me besaba las mejillas, y me deseaba suerte, ¡no podía hacer más! Mi madre intentaba encerrarme en casa, con llave, para que no fuera a las manifestaciones. Tenía miedo de que me pasara algo, claro... Aún así, siempre que podía reclamaba la democracia, la recuperación de nuestros derechos, la libertad de expresión... Y a menudo tenía que escapar o disimular, pero eso es otra historia.

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