Y, entonces, hay una explosión. Me sacude. En el epicentro de mi terremoto hallo cicatrices de golpes que nunca dolieron hasta ahora. Me encuentro con mi fragilidad y tiemblo. La piel de mis manos se resquebraja, los labios se me cortan y caen pequeñas láminas de él como si fueran yeso de una grieta. Levanto la vista y la clavo en el espejo: soy yo. Los mismos ojos, la misma tez, los mismos hombros, sólo que ahora se estremecen.
Me estoy cayendo.
Empiezan a resbalar las primeras lágrimas por mi cara quebradiza.
Esta vez, son lágrimas de felicidad y la aventura es la caída.
No sabré qué saldrá de mí, no sabré cómo acabaré hasta el final.
Y no temo. Sólo tiemblo y... me dejo caer.
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