Estaba yo sentada en un banco, a las puertas de abril, adormecida en una mañana que se nublaba. El leve viento fresco me acunaba y la nana de las hojas abrazándose y los pájaros parloteando calmaban mi nostalgia. Los árboles todavía estaban por vestir y su desnudez permitía que entre los resquicios de las ramas se colase el poco sol que haría en todo el día. A mi lado se sentó un viejecito que hablaba sin apenas abrir la boca y cuya voz me hacía sospechar que su mente empezaba a caer en las manos de la demencia. Fumaba sin parar. Encendía un cigarrillo tras otro, y yo me imaginaba que, cuando no me daba su ininteligible conversación, se perdía en la humareda de sus vivencias. Elogió mi caligrafía cuando se asomó a ojear mis renglones azules. Se lo agradecí; mi letra era menuda y, a veces, difícil de leer.
Se escuchaba un maullido lejano de un gato que suplicaba por comida. Ante mí, el Arga discurría crecido y embarrado. Me recordaba a mi andar: rápido pero calmado. La luz refulgía en sus ondulaciones y el río dejaba que ese reflejo se extendiera por toda su piel, a sabiendas de que continuaría argentino cuando los nubarrones arroparan la estrella.
Si giraba mi cabeza hacia la izquierda veía el campanario, con el nido de las cigüeñas reposando en las tejas.
Yo estaba tranquila y serena. Aunque sabía que esa misma tarde iba a ser rociada por una lluvia inclemente, en ese momento nada me atemorizaba. Ni los fantasmas de mi camino ni mi porvenir incierto podían hacer que mi pulso temblara. Estaba pensando en amar.
Al final, el anciano apagó el que debía ser su séptimo cigarro, se levantó y tras despedirse, se fue. Se nubló.
Yo, sin embargo, seguía sonriendo reposadamente. Ahí estaban mis pies, mi sangre y mis ojos. También era mi hogar.
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