Con el tiempo me di cuenta de que la tierra tampoco curaba y dejé de intentar enterrarme. Comprendí también que lo que más me dolía era la carencia de palabras y que lo que más me aliviaba era que cerraras la puerta. No podía dudar de ese modo.
Al asomarme de noche empecé a ver las luces de la ciudad sobre tus persianas bajadas. No me importaba el frío ni el viento que arremolinaba mi pelo, sólo que estaba muy alto, muy alto, y desde ahí sólo podía ver la luna.
Los lamentos se acallaron y me conformé con media sonrisa dedicada al aire. Dejé de necesitarla... Pero ya ves que aún sufro... No por ti, sino por quien dejaste de ser y por el tiempo perdido. Por mí.
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