domingo, 5 de agosto de 2012
Literatura álgida
Somos vulnerables hojas al viento de un arce seco que conjugaba el verbo "cantar"; cantar de los catares a un lago argentino, y las plumas de los cisnes como cicatrices de mil vidas, grietas a las que asomarse, arrugas a las que escuchar. Y el corazón de un poeta en un puño de tinta, desdibujando siluetas de majestuosas letras negras, en el puerto donde se amarran ñas esperanzas, prometiendo surcar todas las sonrisas, y salando la piel de un ajado navío (Con cien cañones por banda...). Y en ese rincón de la memoria, danzan gráciles las salamandras.
Permitirme serpentear por las tersas escamas de un lirio blanco, arrojándome a la madrugada, sintiendo esas horas grisáceas, destiñéndose en azul... Prohibido beso de un rayo de sol, cuando tanto tiempo ya hace desde la corona capitalista de un reestablecido toldo de nubes, donde podría catar lo tinto de un carpelo burdeos, insólito, inocente, inversemblante, inédito, inacabado, inacabado e índice de un nuevo catálogo de maravillas transoceánicas que pude sentir en la palma de tu mano, siendo así el delirio sabroso de un hadita londinense.
Buscadme donde las horas se cruzan con las pestañas, donde lo único que se ama es la pícara belleza virginal de las palabras. Todo dejaría de importar allá donde Morfeo se besa con la Tierra. Infierno Verde, posar los pies en la hendidura de un pétalo de tus fonemas, tu lengua, la mía, la nuestra.
Somos un lienzo de viento donde esculpir parrafadas de césped. Somos quien alumbra las sensaciones. Son los pensamientos los que despiertan la vela de nuestro alma, y la tez es la cera.
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