Hoy me he cruzado con Javier, que es un año mayor que yo
y es muy guapo. Es alto, fibroso, tiene el pelo negro y unos ojos verdes
amarillentos de locura. Obviamente, tiene novia y mil pretendientes. Bueno, nos
hemos cruzado y me ha dicho <<Hola, Laia>> con su voz grave y ronca
y su mirada tan seductora… Y tú dirás: ¿cómo puede saber un tío bueno mi
nombre? Pues fácil. Yo soy subdelegada de mi clase, y él es delegado de la
suya, por lo que hemos coincidido en más de una ocasión en las reuniones. Y soy
subdelegada porque alguien tenía que serlo, y todos acordaron encasquetarle el
puesto a la más friki, o sea, yo.
Pero nadie contaba con que en otra clase sacarían a un chico tan guapo. ¡Qué
desgracia para él, y que suerte para mí! Bueno, pues le he saludado con la mano
y una sonrisa, y me he sentido feliz. No se puede negar que, si eres una rara
invisible para casi todo el mundo, que un chico guapo te salude te pone contenta
sí o sí. ¿Qué? Que sea rara no significa que no me puedan gustar los
especímenes masculinos. No digo que vaya a ser el amor de mi vida (más que
nada, no tengo ni media oportunidad con él), pero lamento mucho decir que deseo
y a la vez no quiero por nada del mundo que llegue la próxima reunión de
delegados, porque no quiero que me guste, pero no lo puedo controlar. Por
suerte y, por desgracia, este trimestre hay que organizar el Día del Libro, así
que hay muchas reuniones de delegados. Sólo Martina y Claudia lo saben, aunque
no sé si decírselo a Tira. Estoy hasta el cuello. Mientras tanto, intento no
pensar mucho en ello, aunque no puedo evitar ponerme colorada si me cruzo con
él. No estoy enamorada, pero me gusta. Y lo lamento mucho. De todos modos, ¿quién
se fijaría en una chica que lleva katiuskas cuando no llueve, jerséis de pico
con rombos, pantalones a rayas y el pelo recogido siempre en una cola o en
trenzas para disimular el descontrol que llevo? Nadie. Ni mucho menos Javier.
Pero me
quiero olvidar de él.
Odio el
amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario