miércoles, 8 de junio de 2011
La luz del masoquismo
Porque algo brilla en el dolor. Siempre. Ese es el toque bonito de la herida. Tenías ocho años, te abriste la rodilla porque te caíste de un columpio. ¿Y antes de prorrumpir en llanto no te estabas riendo como una loca en la silla con cadenas, dejando que el viento te silbara en los oídos, que la visión de un cielo sin nubes en primer plano te hiciera llegar más alto, dándote impulso con todas tus fuerzas? Te quitaron las ruedecillas de la bicicleta, y te pegaste el trompazo del siglo. Pero, ¿no fue genial pedalear con todo tu alma antes de frenar tirándote al suelo? Sí, lo fue. Notaste la adrenalina agolpándose en tu mente, impidiéndote tragar. Sabías que, a menos que aminoraras la marcha, te harías daño, pero no frenaste. ¿Por qué? Ya vendrá la sangre a la herida, mientras tanto, disfrutemos del segundo antes de las lágrimas. Es muy divertido. Puede que luego pienses: <<Al columpio se subirá su madre>>, <<A la mierda la bicicleta, puedo llegar andando>>. Pero siempre sabrás que fue increíble, y que lo repetirás. ¿Que te matas en el intento? Lo has intentado, lo acabo de escribir. Y sí, estabas seguro de que te la ibas a pegar... Pero te has arriesgado por recuperar el momento de alegría. Y eso, damas y caballeros, es para mí el masoquismo.
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