Es un
tesoro que nadie sabe valorar, hasta que se pasa, entonces nos arrepentimos por
no haber vivido cada momento al límite, pero también nos alegramos porque lo
hemos disfrutado, hemos sido felices en esa etapa de la vida. Entre pañales y
sonajeros, biberones y peluches, uno se va formando para madurar, para
prepararse para el mundo.
En ese momento, me encontraba
cavilando sobre mi niñez. Era muy menuda, con la piel suave y sensible, y muy
graciosa. Tengo un álbum de fotografías en mi regazo, y unas lágrimas brotan de
mis ojos, resbalando mejilla abajo. ¿Por qué ha cambiado todo? ¿Por qué no me
puedo quedar como una niña toda la vida? No es justo. Ahora me
cargan a tareas y libertades, ¡ninguna! Cuando era una canija tenía un imperio,
era la reina de casa, con todos a mi servicio, podía pedir casi de todo, que lo
tenía delante en un abrir y cerrar de ojos…
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