Ah, mi cama. Por fin. Tan cómoda, tan protectora, tan mía. Y mi almohada. Que sería yo sin mi almohada? La que vela mis sueños, la que me cobija en su regazo maternal... Mi cojín, a quien me abrazo y me aferro ante Morfeo. Las sábanas, la manta, el colchón: tengo su abrigo y su parapeto para ocultarme de los malos sueños. Tantas veces me he rendido, fatigada, he saltado, me he derrumbado, me he sentado en ella, y tantas veces ha soportado mi llanto, mi ira, mi risa y mi locura... Compañera fiel en mis aposentos, me siento tan relajada y segura dentro... Como si fuera mi mamá, a quien evoco, no con más ternura de la que me da ella a mí, tranquilizando noches en vela y mimando a su pequeña, aunque el sueño la arrastrase a ella... Te quiero, mamá, mas no eres mi lecho. En algunas lastimosas noches...
Tú, sabes que me refiero a ti, ¡cuánto valdría tu cobijo, tu resguardo, tu sencilla calma y tu ansiado cariño... Jamás se van las noches en las que no te imagine a mi lado... Porque no preciso cama, necesito únicamente tu protección, tu cobijo, tu abrazo y tu abrigo. Una sola cosa: compañía... tuya. Y una promesa: el final de la era de las noches a solas.
Que duermas bien siempre, mi lector.
No hay comentarios:
Publicar un comentario