Surco con las yemas
de mis índices
los hoyos del paladar
del cielo y me adentro
en la profundidad de la membrana
del platillo de oro.
O el sol.
O la lluvia
que arrecia en la mirada ajena
que salpica las canciones marchitas
con el alma supurando nostalgia
de sus entrañas, de sus cuerdas,
de las púas, de las baquetas.
Ritmo del crepúsculo
el techo cromado
oscureciendo por momentos
ultravioleta, profiriendo
el genocidio arácnido
de los males en los sueños.
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