O eso creo, puesto que al levantarme cada mañana y mirarme en el espejo no me desespero, ni me tiro de los pelos. No. Me lavo la cara y me cepillo los dientes. Me visto lentamente por la pereza, por el peso de mis párpados y esa irresistible ley de la gravedad que me atrae. Intento peinarme... Bueno, mejor otro día.
Salgo a la calle con un vaso de leche con cereales en el estómago y me aproximo al infierno (no mi infierno verde-¡ojalá-, sino a uno peor llamado instituto de educación secundaria obligatoria), de la mano de mi sueño, con una mosca pesada posada tras mi oreja que me susurra y se ríe, traviesa... Que graciosa, ella.
El castigo de ese instituto debe ser el precio del saber, aunque opino que las tasas y los precios por los libros son demasiado altos, demasiado injustos. Y ahí está la verdadera llave de la cultura, en los libros... Pero aquí no son partidarios de la libertad.
Empleo todo mi sarcasmo, mi risa irónica, mi arqueamiento de ceja derecha, mis miradas con sorna... Las sonrisas: falsas, forzadas, extrovertidas, sin miedo, con risa y con hierros. Mi atención en clase algo desviada, las horas pasando, cubrir el cupo de un día...
Bueno, ¿qué más dará? Al que no le guste, que no mire. No pienso dejar de ser así. Eso quiere decir que, para cuando vuelva a casa, estaré subida a una nube esponjosa y amarilla en mi cielo azul celeste de mi infierno verde.
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