domingo, 20 de marzo de 2011

A mi pequeña amiga...

El día en que nos topamos por primera vez… Éramos dos bebés dispuestos a explorar aquello que nos rodeaba, no sin antes llorar y gritar a pleno pulmón por la separación con nuestros padres (ojalá no ocurra lo mismo cuando nos emancipemos). Toda una guardería llena de mocosillos analfabetos babosos, berreantes y llorones agotábamos día a día a la pobre Montse y a la pobre Estefanía, que nos cuidaban con extrema paciencia y delicadeza. Y en qué felicidad vivíamos. Compartíamos recreos, horas de comer, siestas y juegos, quizá alguna pelea, algún muñeco roto… Sólo éramos criaturas. Cualquier cosa era amiga y estaba dispuesta a ser tocada, babeada e incluso mordida, magullada o rota: muñecos, sonajeros, chupetes, gente…
            No parábamos en todo el día. Máquinas de manchar pañales, viciados a los chupetes y egoístas, juguetones y tiernos. El mundo era nuestro, y todos debían obedecerte… Como eras una cosa tan mona, nadie se resistía, y lo tenías todo a pedir de boca… Un verdadero paraíso, y la reina eras tú. Por desgracia, el mundo se ha ido yendo a pique, y ahora nos tenemos que aguantar estudiando para exámenes, recibiendo gritos por parte de los mayores y una mísera paga semanal… Pero también la amistad es más fuerte, va adquiriendo sentido, como todo lo demás. No es el mundo de rosas que ya dejamos atrás, es el mundo real, en el que vivimos, y cambiarlo está en nuestras manos, pero para eso se necesita esfuerzo y… Seamos realistas, a la edad de trece años “te da un palo que te cagas, tía”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario