sábado, 26 de marzo de 2011

LAS CONVERSE DE CENICIENTA

1-Nuevas zapatillas para Cenicienta


        Y, ahí están. Clavo mis lentillas grises (sí, me gusta llevar lentillas y las grises son mis favoritas… ¿Qué?) en el escaparate. Yo no me corto a la hora de pedir, ni de dar, y a Alison (mi madrastra) le digo:

        -¡Alison! Hace tiempo que no entro en esa zapatería, y necesito unas zapatillas… ¿Vamos?
        -¡Ay, no!-es Lucy, que se queja para variar. Sí, esta plasta es una de mis hermanastras-. ¡Yo no quiero entrar!
        -¿Es que te dan miedo los zapatos que no son… como eso?-dice Sally, mi otra hermanastra, mientras deja caer la vista a los horribles taconcitos de Lucy. La remilgada pone los ojos en blanco y cara de horror y le dice a Alison:
        -¿No podríamos entrar en Cosmetics Kingdom? ¡Porfa! ¡Quiero un nuevo pintalabios!
        -¡Deja de quejarte, Lucy!-sé que Sally se está aguantando el <<joder>> que tiene en la punta de la lengua-. ¡Haz por una vez algo que no sea por ti y entremos a la zapatería!
        -¡No!
       
        Sally le mira fríamente y le dice a su madre casi gritando:

        -¿Por qué no quiere la nena? ¡Pues porque es una egocéntrica! ¡Cindy –ésa soy yo- y yo queremos ir a la zapatería!
        -Vale. Lucy y yo vamos a por la barra de labios y vosotras a la zapatería. Toma –me da pasta-, para tus zapatillas.
        -¡Gracias!

        Corro a la entrada de la tienda. Sally espera un instante y entra triunfal, moviendo sus caderas enfundadas en sus pitillos y se dirige al dependiente cañón con su mejor sonrisa de pícara. Mientras, yo me lanzo por unas Converse amarillas preciosas que me roban el corazón al instante. Sí, es la 38, talla correcta.

        Me llamo Cindy Silverwood (vaya mierda de nombre me puso mi padre) y estoy calzando unas zapatillas preciosas mientras mi hermanastra Sally (la que me cae bien) está ligando con un tío que le dobla la edad (y que no está nada mal). Me dirijo a la caja y pago mis Converse, y ya de paso compro cordones de colores fluorescentes para darle tiempo a Sally. Al salir veo cómo Sally le guiña el ojo al Tío-Bueno-De-La-Tienda (TBDLT) y nos vamos.

        -¿Qué has comprado?
        -Más cordones y unas Converse amarillas.
        -Guau –dice, suspirando. Me mira y sabe lo que le voy a preguntar.
        -¿Quién es el Tío-Bueno-De-La-Tienda?
        -Jack Velevet.
        -¿¡Estás de coña?! ¿¡Velevet?! ¿¡Cómo The Velevet Underground?!
        -Es su mote, pero es monísimo. ¡Y tengo su número!
        -Joder, qué rápida.
        -Me va a llamar.
        -No me extraña –y es que Sally, a diferencia de mí, que soy un fideo chupado sin curvas ni nada, está perfecta, y además es muy lista (no como Lucy, había que destacarlo).- ¿Cómo lo haces?
        -Pues no sé… Hablo un ratito y ya está. Caen como moscas.
        -Eso a mí no me sale-digo con un deje de envidia.
        -Ningún tío de los que conoces es suficientemente listo como para valorar unas Converse amarillas.
        -Ya.
        -Cuando lo encuentres babeará.
        -Ojalá…

        Alison y Lucy (Sally y yo nos divertimos pensado que “Lucy” le va que ni pintado, como diminutivo de “Lucifer”. A menudo le llamamos así para joder un rato y ella acaba lloriqueando a Alison sobre “Cenicienta” (yo, por las lentillas) y “la Estúpida” (Sally. Este mote, claro está, se lo ha puesto porque aunque son gemelas ella está muy celosa. No me digas que no da asco.) salimos del sitio y vamos a casa.

        Llegamos en el Mercedes de Alison y descargamos las compras de cada una. Bueno, Sally no, porque el TBDLT se quedó en la zapatería y ella no se lo ha traído.

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