Con treinta y siete años, Jenna Hicks se levanta y se mete en la ducha. Es madre soltera, dos hijos encantadores y un negocio increíble. Son las siete y cinco de la mañana, y la carrera de Jenna acaba de empezar.
Corre y derrapa por el pasillo con un albornoz en el cuerpo y una toalla a modo de turbante en la cabeza para despertar a su quinceañera y a su niño de nueve años. Tras mostrarse inclemente a las súplicas de cinco minutos más, prepara dos boles de leche con cereales a toda pastilla y abre las puertas del armario. Se pone su camisa blanca y sus pantalones negros de raya diplomática con un chaleco también negro y unos tacones cerrados. Se hace una coleta y se perfila los ojos, se pinta los labios y va a la cocina sin perder ni un segundo. El pequeño se ha tirado el desayuno por encima, la grande se niega a comer más y le da pereza hacer la cama. Las siete y veinte. Con malas formas y prisa manda a los hijos a vestirse y dejar la habitación presentable, limpia el estropicio, pone una lavadora y lleva a los niños en coche al cole.
El pequeño se va corriendo con la mochila a cuestas y la chica se junta con sus amigas. Jenna se pone en marcha hacia su oficina, hoy tienen una reunión y hay que aprobar los nuevos presupuestos... ¿Qué es eso que hay en el asiento trasero? Mierda. El pequeño se ha dejado el trabajo para la clase de plástica. Pues nada, con la directa puesta da la vuelta y deja la maqueta en conserjería. Ahora vuelve al trabajo y después de tres horas reunida con la borde de su jefa y un par de compañeras, aguanta cinco horas delante del ordenador intentando cuadrar cuentas...
Las cinco de la tarde. Después de una comida exprés, vuelve a una velocidad temeraria al colegio y recoge a sus hijos, escucha pacientemente que el amigo del niño es tonto por que ha escondido el balón y mira de reojo a su hija, que pone mala cara. Al llegar a casa los enchufa a los dos con los deberes, después de escuchar las quejas y se pone a tender la ropa, a planchar la última lavada y ordena varias salas.
Ya de noche, una vez los niños se han dormido y de hablar con su amiga íntima por teléfono, se pone su pijama calentito y se tumba, exhausta, en el sillón, dejando colgar las piernas por el reposabrazos, y se pregunta si realmente es feliz con su vida, yendo siempre tan rápido a todas partes y sin tener apenas tiempo para sus seres queridos, pero no le da tiempo a pensar en nada mas porque cae dormida de cansancio y sólo es martes.
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